
Desde la consolidación de las plataformas digitales a principios del siglo XXI, los algoritmos convirtieron la internet en una arquitectura de vigilancia y condicionamiento social. Según los datos del informe Digital Enclosure (2023), los 10 principales conglomerados tecnológicos almacenan diariamente el equivalente a 7.000 años de contenidos audiovisuales, analizándolos para crear perfiles predictivos. Esta recogida masiva funciona como eje del capitalismo de vigilancia.
El impacto en la autonomía ciudadana es estructural. Meta (Facebook, Instagram) y Google gestionan el 73% del tráfico web global, imponiendo filtros invisibles que priorizan contenidos segundo intereses comerciales. Un estudio de la Universidad de Stanford demostró en 2021 que los algoritmos de recomendación reducen la diversidad informativa un 42% respeto al acceso orgánico. La libertad de elección se convierte en una ilusión controlada por métricas de compromiso (engagement).
Estos sistemas se muestran especialmente gravosos en contextos de conflicto. Durante la Guerra de Gaza de 2021, los algoritmos de Youtube eliminaron el 80% de los vídeos con hashtags árabes relacionados con la ofensiva, según análisis de 7amleh -The Arab Center for Social Media Advancement. Políticas desproporcionadas que enseguida se convirtieron en herramientas de censura xeoestratéxica.
Ante este panorama, surgen redes criptografadas y alternativas. Proyectos como Mastodon -basado en protocolos federados- o Blade runner -software anticontrol creado por ativistas tunecinos- demuestran que otra red es posible. A nivel legal, campañas como #BanSurveillanceAdvertising consiguieron prohibir la publicidad basada en rastreo en dos regiones de Bélgica (2022).
La resistencia también se organiza desde la educación tecnocomunal. Iniciativas como la Escuela de Debanque Algorítmico en Brasil entrenan a las comunidades en técnicas para identificar manipulaciones algorítmicas. Su manual «Agentes de la Desobediencia Digital» revela métodos prácticos para despistar los sistemas de rastreo.
El desafío queda claro: revertir el control corporativo requiere tecnopolitica anticapitalista. Como expone Shoshana Zuboff en su tratado A era del capitalismo de vigilancia, «lo que está en juego no es la privacidad, sino el poder para decidir quien define el futuro de las sociedades».