La doctrina del shock y las crisis económicas

La llamada teoría del shock (o doctrina del shock), formulada por la escritora Naomi Klein, explica cómo los poderes económicos y políticos aprovechan crisis profundas para impulsar reformas impopulares que, en condiciones normales, serían rechazadas por la ciudadanía. La premisa central es que, mientras las sociedades están aturdidas por el trauma de un desastre, se desmantelan derechos sociales y se facilitan procesos de privatización. Esta doctrina, lejos de ser una abstracción académica, se ha manifestado en diversos episodios desde finales del siglo XX, y puede rastrearse con claridad en las crisis encadenadas del siglo XXI.

La crisis financiera de 2008 fue el primer gran escenario de esta estrategia. El rescate bancario con dinero público supuso la socialización de las pérdidas de la banca privada. El estallido de la burbuja inmobiliaria sirvió de justificación al gobierno para aprobar una reforma exprés del artículo 135 de la Constitución, pactada entre los dos principales partidos. Esta modificación priorizó el pago de la deuda por encima de cualquier otra necesidad social, consolidando la austeridad como mandato estructural. Las consecuencias se tradujeron en recortes en sanidad, educación y dependencia, cuyo impacto prolongado muestra cómo la crisis funcionó como justificación de una profunda reconfiguración del gasto público.

La pandemia de la COVID-19 no frenó esta dinámica, sino que en ciertos aspectos la aceleró, al reforzar la concentración del consumo en las grandes corporaciones. Mientras la población permanecía confinada y el sector de la hostelería entraba en crisis, la cadena de supermercados «Mercadona» registró en 2020 el mejor ejercicio de su historia hasta la fecha, con un aumento del 17 % en sus beneficios. Esta tendencia se mantuvo en los años siguientes (excepto en 2021). Entre 2019 y 2025, los beneficios de «Mercadona» se incrementaron un 177,53 %, un crecimiento muy significativo que contrasta con el empeoramiento de las condiciones económicas de una parte amplia de la población.

La concatenación de estos eventos dibuja un patrón recurrente y reconocible. Las crisis sucesivas no actúan como espacios de refuerzo de la solidaridad, sino como oportunidades para la acumulación de capital y la erosión de lo común. La destrucción, ya sea financiera, sanitaria o climática, crea condiciones favorables para que determinados actores económicos impongan un orden que, en situaciones de estabilidad, encontraría mayor resistencia democrática.

 

Fuentes

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