
Diferentes referentes de la intelectualidad desarrollaron su pensamiento y obra en torno a cómo combatir al fascismo. De este modo, el antifascismo no es solo una lucha callejera, sino también una construcción filosófica y cultural que contó con la contribución de algunas de las mentes más lúcidas del siglo XX.
Destaca, entre otras, el desarrollo por parte de Gramsci de la teoría de la hegemonía, en la que explica cómo la clase dominante mantiene el poder no solo mediante la violencia, sino con consenso cultural, infiltrado en instituciones como la iglesia, la escuela o los medios de comunicación. Sus planteamientos como la revolución pasiva o la guerra de posiciones siguen, a día de hoy, en plena vigencia.
Más tarde Adorno y Horkheimer, de la escuela de Frankfurt, conciben Auschwitz como un producto de la racionalidad occidental, una «autodestrucción de la razón». En esta línea, Habermas se posicionaría con claridad, y postularía que el mejor antídoto contra el totalitarismo es la «razón comunicativa».
Destacan también Hannah Arendt, quien analizó los orígenes del totalitarismo y la condición de paria; Simone Weil, que combatió en la guerra civil con la columna Durruti y denunció la opresión en todas sus formas; y Simone de Beauvoir, que ayudó a comprender que la libertad individual es inseparable de la libertad colectiva. Son algunas de las filósofas que encarnaron la resistencia al totalitarismo desde perspectivas muy distintas y de cuyo pensamiento aún hoy bebemos para la lucha.