Para comprender la complejidad del genocidio en Gaza y sus extensiones hacia el Líbano, no basta con analizar las dinámicas geopolíticas inmediatas. Es necesario entender el origen del sionismo y la evolución ideológica que sustenta sus tres corrientes principales, cuya interacción ayuda a explicar en parte la escalada regional.
El sionismo nace a finales del siglo XIX como respuesta al auge del antisemitismo y a la violencia en Europa. Eventos como el caso Dreyfus convencieron a figuras como Herzl de que la integración era imposible, impulsando un nacionalismo judío influido por las corrientes independentistas de la época. Así, se buscó recuperar el vínculo histórico con la tierra ancestral de Israel (Sión) para garantizar la seguridad y la autodeterminación del pueblo.
El sionismo original laico y político surge a finales del siglo XIX con Theodor Herzl, quien propone un “hogar judío” como respuesta al antisemitismo europeo. Theodor Herzl fue el motor fundamental del Primer Congreso Sionista (1897), un hito que transformó el sionismo de una idea dispersa en un movimiento político organizado internacionalmente. El sionismo propuesto por Herzl se trata de un proyecto secular centrado en la organización de un Estado moderno. Diversos apoyos económicos europeos, incluidas redes financieras como la familia Rothschild, contribuyeron a su desarrollo inicial. Con el tiempo, esta visión fue perdiendo centralidad frente a corrientes posteriores más extremistas.
El sionismo revisionista y la seguridad mediante la fuerza se vincula a Ze’ev Jabotinsky, autor del concepto del “Muro de hierro”. Defiende la consolidación territorial y una estrategia militar firme. En su evolución contemporánea, algunos analistas lo relacionan con sectores políticos israelíes de línea dura próximos al entorno de Benjamin Netanyahu. Integra elementos nacionalistas y xenófobos, con referencias culturales y religiosas que refuerzan una visión de seguridad permanente.
El sionismo evangélico y la dimensión escatológica procede del fundamentalismo cristiano estadounidense. Estas corrientes interpretan el apoyo a Israel desde una lectura teológica que sitúa Jerusalén y la mezquita de Al-Aqsa como escenarios proféticos. La construcción de un tercer templo sería, según estas creencias, un paso previo al “Armagedón” y a la segunda llegada del Mesías. La influencia de esta ideología en la Casa Blanca se hizo patente especialmente durante el mandato de Donald Trump, cuyo equipo de seguridad mostró afinidad con estas creencias apocalípticas. De esta manera, las incursiones militares en Gaza y las tensiones en la frontera con el Líbano trascienden las disputas territoriales y adquieren una dimensión escatológica, donde la guerra santa se considera una profecía que debe cumplirse para precipitar el fin de los tiempos.