
El antifascismo surge en Europa hace aproximadamente un siglo como respuesta a la expansión del fascismo. Cobra relevancia tras la llegada de Mussolini al poder en Italia (1922) y de Adolf Hitler en Alemania (1933).
Su principal manifestación organizativa en sus inicios fueron los Frentes Populares de la década de 1930, que trataron de frenar el peligro fascista en la mayoría de los países de la Europa Occidental. En lo referente al Estado español, durante la Guerra Civil el antifascismo se convirtió en un fenómeno de masas de dimensión internacional con la participación de las Brigadas Internacionales. En Alemania, el grupo de la Rosa Blanca, liderado por los hermanos Scholl, ejecutados en 1943, pero cuyo legado perdura como símbolo de la oposición juvenil al nazismo.
Se trata de un movimiento heterogéneo, que agrupa desde entonces a comunistas, socialistas, anarcosindicalistas, republicanos de izquierdas y progresistas en general, junto con amplios sectores de la intelectualidad.
En la actualidad, diversas organizaciones de ultraderecha y neonazis mantienen una activa campaña de criminalización del movimiento antifascista. Así, Vox registró una proposición no de ley en el Congreso que exigiría la disolución de las organizaciones vinculadas a “Antifa” y su inclusión en la lista de organizaciones terroristas de la Unión Europea. Este movimiento sigue la estrategia ensayada por Trump, quien firmó una orden ejecutiva designando a “Antifa” como “organización terrorista doméstica”.
Frente a esta ofensiva, el antifascismo se mantiene como una herramienta de análisis y resistencia ante el avance autoritario. La respuesta de la ciudadanía organizada incluye desde huelgas generales y protestas masivas hasta acciones de vigilancia e interferencia frente a las políticas represivas y los grupos fascistas.